Cuerpos de mujer I

Por Irene, Eloisa e Isa para Proyecto Kahlo

¿Cuántas veces te han hecho comentarios de tu cuerpo sin venir a cuento? Seguro que muchas. El cuerpo de las mujeres siempre es objetivo de comentarios y valoraciones. Aquí están algunas experiencias del equipo de PK.

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Con una normalidad increíble, las mujeres tenemos que enfrentarnos en nuestro día a día a que los demás midan, valoren y opinen sobre nuestros cuerpos. Y no hablo sólo de los mal llamados “piropos”, hablo de que nuestro cuerpo puede convertirse en tema de conversación en cualquier momento y lugar. Aún a expensas de incomodarnos. Aunque no hayamos pedido opinión alguna -de hecho, normalmente sucede sin que hayamos pedido opinión alguna-. ¿Cómo va a ser una molestia que te feliciten por haber adelgazado o que te digan que tienes una buena delantera? Así, de repente y sin esperarlo, nuestro cuerpo pasa a ser comentado, tasado, halagado, menospreciado. Puesto en la palestra.

Y de esto no se escapa ninguna mujer. Ya seas alta, baja, gorda o delgada, siempre los demás querrán decir algo.  Visto con distancia puede “no parecer para tanto”. Todo lo contrario. Para nosotras, que lo sufrimos de manera insidiosa, no resulta nada secundario. Y sí, hablo en femenino, porque no se opina tanto a viva voz sobre los cuerpos masculinos. Me temo que al final, el problema está en el género más que en el peso o la altura.

Nuestras experiencias son otra muestra más del  sexismo cotidiano. Somos como somos, tenemos el cuerpo que tenemos… ¿y qué?

 

NOMBRE: Eloísa
EDAD: 26
TALLA EUROPEA: Utilizo un rango sospechosamente amplio que va desde la 46 a la 52. En otros tallajes, puede variar desde una talla M hasta una XXL.
ALTURA: 1’60
PAÍS/REGIÓN: España/Madrid

Desde que tengo memoria, encontrar ropa para mí ha sido un suplicio. Cuando encontraba algo que me gustaba, tenía que soportar caras de asco de las dependientas mientras me decían “en tu talla no” o “para ti no hay”; y cuando encontraba algo que me valía, no me solía gustar. Siempre tenía la sensación de ir disfrazada, porque la ropa de mi talla era para señoras mayores.

Siempre he sido una chica gorda. Hasta que llegó la pubertad, era de las más altas de mi clase y además muy ancha. Eso hizo que me convirtiera en el blanco de los insultos de la gente de clase. Con la pubertad la cosa no mejoró, ya que dejé de crecer a lo alto, pero no a lo ancho. Lo máximo que he llegado a pesar han sido 115 kilos. Es la primera vez que me atrevo a escribir y decir públicamente esta cifra, porque ese número me ha atormentado durante mucho tiempo tras años de insultos de todo tipo de gente, conocidos y desconocidos.

Algo que me ayudó a cambiar mi perspectiva en cuanto a lo que entendemos por belleza, es un viaje que hice a Túnez junto a mis amigos de la universidad. Allí era yo la chica a la que piropeaban y en la que se fijaban los hombres, y no en mis amigas, mucho más delgadas con diferencia. Fue la prueba definitiva de lo subjetivo de la belleza.

Ahora creo que es cuando más delgada he estado en toda mi vida (en el último año y pico he perdido unos 25 kilos debido a disgustos varios, hacer más ejercicio y comer un poco menos. Pero si me apetece algo, tampoco me privo). El cumplido por excelencia de toda la gente que me ve es “¡Cómo has adelgazado! Estás muy guapa.” Y me revienta. No me importa que la gente me diga que he adelgazado, sino que me digan que estoy guapa. Yo soy la misma; y si soy guapa ahora, no entiendo cómo podía no serlo antes. ¿Ser más gorda me inhabilita para ser guapa?

 

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s/t, Graham Hellewell vía Flickr

NOMBRE: Irene
EDAD: 29
TALLA EUROPEA: 36
ALTURA: 1’68
PAÍS/REGIÓN: España/Cataluña

Notición: usar la 36 no es ningún camino de rosas coronado por un arco iris sobre el que trota un unicornio azul. Sí, sé que lo normativo es estar delgada, pero cuando lo estás, parece que también hay algo que falla…

Recuerdo una anécdota especialmente significativa: Un día, una madre de una amiga, se presentó de repente en casa de mis padres. Se sentó con mi madre y le dijo que quería hablar con ella… Y le soltó “tu hija es anoréxica”. La estupefacción de mi madre fue considerable. Y le dio un ataque de risa. Porque si algo fue característico de mi adolescencia era que comía muchísimo. Pero mucho. No dejaba de resultar paradójico que vinieran a decirle que no comía. Y esa no fue la única vez.

Por supuesto la cosa no termina aquí. Si hay un tema estrella, algo que me han dicho más que nada en este mundo, son frases del estilo “¿y tú ya comes?”, “seguro que comes poquísimo”, “¡come un poco, mujer!”. Como si supieran algo de mí, como si me conocieran, como si se sentaran cada vez que me dispongo a alimentarme y tuvieran un control de mi ingesta para poder afirmar tales cosas. Y qué decir del famoso “a ver si engordas”. ¿Como que a ver si engordo? ¿Qué tiene de malo mi cuerpo? ¿Tengo que satisfacer tus gustos visuales? ¿Estoy de adorno para que tú me mires? Porque, sinceramente, estos comentarios me hacen sentir así, como que “estaría mejor” con más kilos, o sería más bonita, más agradable, más gustosa de ver. Como si mi cuerpo sirviera para eso.

Os puedo afirmar con rotundidad que si te gusta hacer deporte y estás delgada, se puede convertir en una auténtica maldición. Porque todo, tooodo el mundo piensa que lo haces para adelgazar. Y si lo hace un hombre es “para estar en forma”, “para estar fuerte”. Penoso.

Personalmente ya estoy de vueltas de todo esto y me he vuelto muy contestona. Pero es un tema que me lo ha hecho pasar mal. Esos días en los que pensaba “joder, estoy muy delgada”, o le preguntaba a mi pareja y amigas “¿estoy muy flaca?”. Ni que importara. Estoy y estaba sana, y es lo que cuenta. No lo que la gente diga, ni que las puñeteras tablas de peso/altura me hayan dicho a lo largo de toda mi existencia que estoy en infrapeso. Me siento bien, y considero que mi cuerpo es bonito.

He visto siempre cómo, pese a que los cánones nos dicen, “debes estar delgada” parece que ni así encajo. Y es fácil caer en una contradicción extraña, que a veces duele. Estar en el tallaje del canon, pero que a la gente no le guste. Pero que tu cuerpo sea “de envidia” y al paso siguiente resultar tener una talla demasiado pequeña para tu altura. Para encontrarte, en el siguiente cruce, con que “vaya tipito tienes”, para darte de bruces con un grupito que susurra que seguro que sufres anorexia y dos metros más allá escuchar gritar a una amiga tuya que no te puedes quejar porque estás delgada, para más adelante ser mirada con desconfianza por un grupo feminista por tener “un cuerpo normativo”… es, ha sido, la mayor parte de mi vida, desagradable.

Por suerte, como os decía, ahora ya no le presto tanta atención. Casi nunca me molesta. Pero hay veces que… ¡ay! Me pilla con la guardia baja. Mentiría si os dijera que nunca jamás me duele. Porque soportar todo esto es pesado, un rato largo. Pero también es cierto que aprendes a pasar. Aprendes a reírte de las barbaridades . Pero lo más importante es que  aprendes a quererte. Y por mucho que digan, yo me siento estupenda.

¡Que viva mi pequeño cuerpo!

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Impatient Body Language, vía Flickr 


NOMBRE: Lola Cabrera
EDAD: 36
TALLA EUROPEA: 42 (normalmente aunque sujeta a variaciones según marcas)
ALTURA: 1,73
PAÍS/REGIÓN: España/Andalucía

Como podéis ver por mi altura y talla, soy una mujer grande, siempre lo he sido, y eso, con 15 años, en una sociedad que te bombardea constantemente con semejante ideal femenino y de belleza (dícese, la mujer debe ser débil para ser protegida por el hombre, delgadita, delicada, más pequeña que él desde luego bla,bla…), te hace mella. Medir 1,68 con 13 años y tener unas medidas aproximadas a las de ahora era motivo de burla para más de uno y una (eso sí, jamás me han pedido el carné en ningún pub o discoteca, lectura positiva del asunto). Frases que tuve que aguantar y que a día de hoy recuerdo y me río pero que entonces dolían, y bastante: “le toca salir a king kong”, “parece la madre de sus amigas” (no sólo los niños son crueles, las señoras mayores también lo eran, ¡yo no quería ser la madre de nadie!).

En fin, hoy estoy muy contenta con mi cuerpo, soy alta y ancha, mis caderas son las que son, no me da vergüenza decir cúal es mi talla y cuál es mi peso (68 kg, por cierto). Intento cuidarme, por salud, y sentirme bien conmigo misma. No me importa ser más grande que mi chico y a quien le sorprende este tipo de datos anecdóticos, simplemente no me interesa como persona.

 
NOMBRE: Ludmila Greco
EDAD: 24
TALLA EUROPEA: 34/36
ALTURA: 1,58
PAÍS/REGIÓN: Buenos Aires, Argentina

En la escuela primaria era la más alta de la fila, y ahí me quede. Ahora, mi estatura es pequeña, no llego al 1,60. Bendita medida mínima de altura considerable. Además, uso anteojos desde siempre.
Me han llamado enana y cuatrojos infinitas veces, algunas con cariño, otras de chiste y otras, no lo sé. A su vez, tengo pies pequeños. Talla 34/36 y la mayoría de las casas de calzado femenino venden a partir del talle 36. Cuando preguntaba por sandalias en 34 porque las 36 iban enormes tuve que aguantar alguna risa y comentarios como “quizá en una tienda de niños” o ” tienes los pies de cenicienta”. Y sólo era un talle de diferencia.

No soy gorda ni delgada. Pero ¿quién sabe cuándo se es gorda o delgada?

Viajando por Asia descubrí que nuestros cánones de belleza occidentales son ridículos y poco fundados.

Vamos, ¡somos mujeres! Necesitamos piernas anchas para caminar, brazo fuerte para sostener a nuestros niños, espaldas contundentes para sostener un embarazo. Nos quieren hacer creer que debemos ir en contra de la naturaleza.

En una época me preocupaba ser muy flaca y no tener culo por eso. Sufría con los lentes de contacto sólo para no ponerme los anteojos. Y alguna vez, usé tacos para disimular mi baja altura. Hoy, escribo descalza, con ropa cómoda y anteojos.

 
NOMBRE: Amanda
EDAD:26
TALLA EUROPEA: Entre la 38 y la 40 con asombrosas variaciones
ALTURA:1.69 (la última vez que me medí)
PAÍS/REGIÓN:España, Zaragoza

A mí siempre me han tratado de “chicazo”. Tengo la espalda ancha, las manos grandes como paelleras y calzo un 40-41.

No creo estar ni gorda ni delgada, tengo carne donde hay que tener. Tengo pecho, tengo culo, tengo cadera… lo tengo todo “papi”, pero mis medidas no responden en absoluto a los cánones de belleza de nuestra sociedad.

Siempre me ha resultado más cómoda la “ropa de chico” y por eso la suelo usar. También compro cosas de chica, pero suelo llevar prendas muy básicas, con las que me siento cómoda porque para mí es lo primordial. Si no estoy cómoda, ¡apaga y vámonos!

Si alguna vez he tratado de ponerme unos pantalones skinny, me sobra cintura como para meter un melón, pero las piernas las tengo tan embutidas que se me corta la circulación.

Tengo los huesos muy anchos, y por eso la ropa ajustada de “mi talla” me queda tan sumamente ajustada que me resulta incómoda e incluso dolorosa. Si me pongo una talla más, parece que voy con chandal, así que no hay término medio.

Ha llegado un momento en mi vida en el que me da un poco igual lo que me digan, era más doloroso cuando era pequeña, en el cole, en el instituto… ¡entonces sí que se pasa mal!

Pero afortunadamente creo que supe escoger el camino acertado y ver lo que tengo, cómo es mi cuerpo, aceptarlo.

Creo que desde entonces nadie ha dicho mucho sobre él, o simplemente me da igual y por eso estoy bastante contenta.

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Cuero vía Flickr 


NOMBRE: Carmen
EDAD:29
TALLA EUROPEA:36-38-40 según le dé al fabricante
ALTURA:1,67- 1,73 o más con el moño!
PAÍS/REGIÓN: España, Zaragoza

A mí, como Amanda, también me trataban de chicazo, siempre en chándal y con los chicos de aquí para allá. Pero bueno, como mujer he tenido que aguantar mucha clase de impertinencias y más trabajando de camarera, y no sólo de hombres.

La verdad es que en mi caso lo que más les llamaba la atención era mi pelo, al llevar rastas… Como si fuera de Marte. Que si “¡péinateee!” o “¿dónde vas con ese moño?”.

Aunque la mayoría de las pegas de mi físico soy yo misma quien se las ha puesto (he sido bastante acomplejadilla por ese tema). TONTERÍAS. Es ahora cuando me da igual la opinión que puedan tener sobre mí.

 
NOMBRE: Raquel
EDAD:33
TALLA EUROPEA: He llegado a tener una 36. Gracias a los cielos, ahora una 40-42-44 (dependiendo del fabricante)
ALTURA: 1.62
PAÍS/REGIÓN: España, Madrid

De toda la vida he sido una marimacho, hacía taekwondo y jugaba al baloncesto, por lo que siempre he tenido unas patorras y unas espaldas elegantes. Con 14 años, de tanto deporte, me hice daño en las rodillas, y tuve que dejar de entrenar. Resultado: me puse como una vaca. Insultos, malos rollos por los idiotas de mis vecinos, desprecios del chico del que estaba enamorada… Todo muy dramático y complicado.

La época más dolorosa de mi vida, en la que estaba luchando contra una depresión de caballo percherón debido a un shock postraumático que me costó 2 años de mi vida, me quedé hecha un palo. Y todo mi entorno alababa mi delgadez, me decía que estaba preciosa. Yo no podía entender cómo me podían ver guapa con toda la tristeza que llevaba dentro.No entendía cómo podía estar bien teniendo en cuenta que era incapaz de comer nada sólido… No entendía (ni entiendo) nada.

La verdad, a día de hoy, que estoy bien (para mi gusto) me siento más a gusto con mi cuerpo que nunca. He aprendido a amar cada rinconcito de mi cuerpo, recordándome que es el único que tengo, que he de quererle tal y como es, que no voy a permitir NUNCA MÁS que nadie tenga el poder de decidir sobre mi valoración de mi misma. Oye, que para gustos, hay colores. Si te quieres a ti mism@, no te faltará quien sepa apreciar la maravilla que eres. Ánimo Fridas y Kahlos, la adolescencia pasa y no hay que temer el resultado.

Artículo original publicado aquí. Compartido con permiso. 

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